Me esperaba cada tarde, como quien sabe que el tiempo se
pliega en la espera.
Me sonreía, sí, me sonreía, con esa certeza que solo los
animales poseen, esa que no pide explicaciones ni promesas.
Su cuerpo hablaba en juegos: en pelotas rodando hasta mis
pies, en ramitas, botellas vacías... en un idioma sin palabras, que yo aprendía
con la paciencia de quien se entrega al instante.
Dormíamos juntas, respirando al mismo ritmo, con el murmullo
de sus tripas como un eco de la noche; con su olor, su calor, su existencia
trenzada a la mía.
El día antes de su partida tuvimos una charla. Volvíamos del
veterinario. Yo sabía que llegaba su final, sabía que iba a morirse...
Le dije cuánto la amaba. La llené de palabras.
Le dije que ya estaba dentro mío, en mi cuerpo, en mi
memoria, y que su vida iba a permanecer en la mía.
Le agradecí por tanto, por todo lo que me había dado. Le
dije que yo era afortunada por su presencia en mi vida.
Ella me miraba, atenta, inmóvil, sin parpadear.
Y en esos segundos infinitos, nos comprendimos, nos
entendimos... y no quedaron ausencias.
Aproveché a besarla, sabiendo que iban a ser los últimos
besos y abrazos.
Supe que ella iba a irse...
La despedí con la voz quebrada, pero llena de verdad.
Sabiendo que, cuando amamos, los otros quedan en la memoria
de nuestro cuerpo: en el eco de los pasos que ya no suenan, en la piel que
recuerda lo que fue su abrigo.
María, que no era solo una perra, ni sombra, ni compañera.
María, que era mi forma de entender el amor sin condiciones.
María, que jugaba, que esperaba, que sonreía.
María, que ahora habita en otra forma, pero sigue estando:
en cada espacio que compartimos, en cada gesto que aprendimos juntas, en cada
instante donde el amor no se desvanece.
Tal vez ahora corre en praderas que no conocemos, invitando a jugar a sombras y luces, persiguiendo el eco de
su propia risa.
Tal vez su espíritu se haga presente en mis sueños,
recordándome que el instante es valioso,
que el amor se enreda en cada pequeño gesto.
Y quizá, entre tantos símbolos que nos dejó, lo más
importante sea que siempre hay tiempo para jugar.
Que el juego es una forma de amor, de presencia, de entrega.
Y que compartir ese instante de alegría es un refugio que
permanece,
un eco que sigue sonando como su sonrisa, incluso más allá
del tiempo...
Hace días me pregunto por qué fue tan inmenso este amor.
¿Por qué sentí por ella algo que nunca experimenté en mis
vínculos con humanos?
Quizá porque María no me exigía nada.
No me pedía explicaciones, ni promesas, ni certezas.
Solo me ofrecía su presencia,
y a cambio, pedía lo más simple y lo más difícil de ofrecer
en este mundo apurado:
tiempo para jugar.
Con ella aprendí que se puede amar sin condiciones, sin
estrategias, sin miedo a perder.
Que el juego no era distracción, sino encuentro.
Que tirarse al pasto a rodar una pelota podía ser un acto
tan sagrado como cualquier conversación profunda.
Que estar ahí, simplemente estar, era suficiente.
María no vino a enseñarme con palabras.
Vino con su cuerpo, con su alegría, con su silencio lleno de
sentido.
Y yo, que tantas veces me sentí incomprendida entre humanos,
encontré en ella una forma de comunión pura.
Una donde no hacía falta ser otra cosa que lo que era.
Por eso este amor fue tan hondo.
Porque fue libre.
Porque fue real.
Porque fue juego.
Porque María, solo quería jugar!
Analía Heredia
María - Fotografía - Año:2022