miércoles, 30 de abril de 2025

A veces ...


A veces quiero hacerlo todo:
escribir, pintar, leer, pensar,
abrir mi cuaderno como si fuera un bosque
y perderme ahí sin pedir permiso al reloj.
Quiero tomar apuntes de la vida,
anotar con tinta y con cuerpo
la experiencia que no se puede capturar del todo.
Quiero construir sentido,
dialogar con la academia,
poner palabras donde antes solo había intuición.
Pero también…
quiero tomarme un helado bajo el sol.
Quiero escuchar música sin propósito,
mecerme en la nada como quien flota.
Quiero mirar sin producir,
estar sin demostrar,
respirar sin justificar el aire que respiro.
Me habitan muchos ritmos...
A veces soy río impetuoso,
otras, charco quieto donde se refleja el cielo.
Y está bien sentirme así...
Porque el arte también es pausa,
la escritura también es silencio,
y el proceso también es vida.

domingo, 6 de abril de 2025

María ...Solo quería jugar!

Me esperaba cada tarde, como quien sabe que el tiempo se pliega en la espera.

Me sonreía, sí, me sonreía, con esa certeza que solo los animales poseen, esa que no pide explicaciones ni promesas.

Su cuerpo hablaba en juegos: en pelotas rodando hasta mis pies, en ramitas, botellas vacías... en un idioma sin palabras, que yo aprendía con la paciencia de quien se entrega al instante.

Dormíamos juntas, respirando al mismo ritmo, con el murmullo de sus tripas como un eco de la noche; con su olor, su calor, su existencia trenzada a la mía.

El día antes de su partida tuvimos una charla. Volvíamos del veterinario. Yo sabía que llegaba su final, sabía que iba a morirse...

Le dije cuánto la amaba. La llené de palabras.

Le dije que ya estaba dentro mío, en mi cuerpo, en mi memoria, y que su vida iba a permanecer en la mía.

Le agradecí por tanto, por todo lo que me había dado. Le dije que yo era afortunada por su presencia en mi vida.

Ella me miraba, atenta, inmóvil, sin parpadear.

Y en esos segundos infinitos, nos comprendimos, nos entendimos... y no quedaron ausencias.

Aproveché a besarla, sabiendo que iban a ser los últimos besos y abrazos.

Supe que ella iba a irse...

La despedí con la voz quebrada, pero llena de verdad.

Sabiendo que, cuando amamos, los otros quedan en la memoria de nuestro cuerpo: en el eco de los pasos que ya no suenan, en la piel que recuerda lo que fue su abrigo.

María, que no era solo una perra, ni sombra, ni compañera.

María, que era mi forma de entender el amor sin condiciones.

María, que jugaba, que esperaba, que sonreía.

María, que ahora habita en otra forma, pero sigue estando: en cada espacio que compartimos, en cada gesto que aprendimos juntas, en cada instante donde el amor no se desvanece.

 Tal vez ahora corre en praderas que no conocemos, invitando a jugar a sombras y luces, persiguiendo el eco de su propia risa.

Tal vez su espíritu se haga presente en mis sueños, recordándome que el instante es valioso,

que el amor se enreda en cada pequeño gesto.

Y quizá, entre tantos símbolos que nos dejó, lo más importante sea que siempre hay tiempo para jugar.

Que el juego es una forma de amor, de presencia, de entrega.

Y que compartir ese instante de alegría es un refugio que permanece,

un eco que sigue sonando como su sonrisa, incluso más allá del tiempo...

 

Hace días me pregunto por qué fue tan inmenso este amor.

¿Por qué sentí por ella algo que nunca experimenté en mis vínculos con humanos?

 Quizá porque María no me exigía nada.

No me pedía explicaciones, ni promesas, ni certezas.

Solo me ofrecía su presencia,

y a cambio, pedía lo más simple y lo más difícil de ofrecer en este mundo apurado:

tiempo para jugar.

Con ella aprendí que se puede amar sin condiciones, sin estrategias, sin miedo a perder.

Que el juego no era distracción, sino encuentro.

Que tirarse al pasto a rodar una pelota podía ser un acto tan sagrado como cualquier conversación profunda.

Que estar ahí, simplemente estar, era suficiente.

 María no vino a enseñarme con palabras.

Vino con su cuerpo, con su alegría, con su silencio lleno de sentido.

Y yo, que tantas veces me sentí incomprendida entre humanos,

encontré en ella una forma de comunión pura.

Una donde no hacía falta ser otra cosa que lo que era.

 Por eso este amor fue tan hondo.

Porque fue libre.

Porque fue real.

Porque fue juego.

Porque María, solo quería jugar!

Analía Heredia


     María - Fotografía - Año:2022